30 de julio de 2018

By 31/12/2018Testimonios

Natalia Rabadán Medina – Voluntaria de Moviendo Arena

30 de julio de 2018. Tres amigas y yo cogíamos un autobús hacia Grottammare, lugar donde viviríamos una de las mejores experiencias de nuestras vidas. De hecho, me atrevería a decir que hasta el momento ha sido la mejor.

Es posible que llegásemos un día un poco raro, pues muchos voluntarios se marchaban, llegábamos nosotras, había visita en el ayuntamiento… Nos decían que era un poco raro, pero yo no notaba nada. Es verdad que la gente estaba muy ocupada, de un lado a otro, pero ni siquiera en ese día tan raro y movido faltaron palabras de bienvenida, los “cualquier cosa que necesitéis, preguntad”, “somos una familia” y las sonrisas y abrazos que nos acogieron de una forma tan cálida.

Recuerdo ese momento como si fuera ayer, la llegada a la madrasa, a nuestra habitación, pero, sobre todo, al comedor, donde estaban los niños esperando para comer. Fue la primera vez que los vi, y fue genial. Con timidez nos acercamos a ellos, para conocerlos, para presentarnos, y nos sonrieron. Y nos abrazaron.

Los dos primeros días sirvieron para adaptarnos, para conocer mejor a todo el mundo y hacernos un hueco en esa familia tan mágica. Y sin darnos cuenta, ya formábamos parte de ella.

También recuerdo los bailes a ritmo de “Waka Waka” después de desayunar, los chapuzones y las guerras de arena en la playa, las siestas en la sala del té, las passeggiatas, las comidas y las cenas, el momento duchas, y el momento post-duchas. Cada momento tenía su magia, su esencia, su olor.

Podría hablar eternamente de todo lo que hicimos y vivimos en esas dos semanas que estuve en Grottammare, pero lo mejor de todo es que cada día que pasaba allí, me sentía más cerca de cada uno de los niños, cada vez los quería más, y cada vez sabía que les iba a echar más de menos. Y así es. Cada día pienso en ellos y los echo de menos.

Sin embargo, tras estos cuatro meses después de Grottammare, es cuando soy más consciente de lo necesario que son esos meses para ellos, porque es con el paso del tiempo y con el trabajo y el amor, cuando de verdad se ve que crecen, que mejoran, que cada vez son más autónomos, y que cada vez son más felices.

En este tiempo, gracias a Rio de Oro y a Moviendo Arena, he aprendido a valorar los momentos realmente importantes, a apreciar la sencillez y la calidez de las personas, pero, sobre todo, he aprendido que, con amor y esfuerzo, todo se puede conseguir.

Siempre tendré en mi corazón estas dos semanas, pero ¡¡no puedo esperar más a volver a Grottammare el próximo 2019!!

Para entonces espero que la familia que forma Rio de Oro y Moviendo Arena sea todavía más grande, y que juntos luchemos por un Sáhara libre, por la igualdad y por el amor.

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