Historia de un refugiado

By 20/06/2020Testimonios
Me llamo Saila, tengo 26 años y nací en la daira Hagunia (El Aaiún – Campamentos de refugiados saharauis de Tindouf).
 
Cuando era pequeño me gustaba jugar al «coura», que es pelota. Mi comida preferida era el pan con carne. Mi sueño era ser doctor, pero como en los campamentos sólo hay una escuela de Enfermería hice lo que estaba en mi camino para cuidar a mi gente, me especialicé en pediatría. Me sigue gustando jugar a ser niño. Mis compañeras de Moviendo Arena dicen que cuando más sonrió es cuando juego enseñando en las madrasas con el proyecto Feria de la Salud.
 
Cuando era pequeño no entendía por qué tenían que ir los niños y niñas saharauis a España en verano con Vacaciones en Paz. Yo viajé a Murcia 4 años seguidos y cada verano era más bonito que el anterior, nunca lo olvidaré.
 
Siempre sucedía lo mismo, cuando me alejaba de mi familia estaba muy triste y no quería ir, pero en el aeropuerto de repente te encuentras a muchísimos niños y niñas que empiezan a jugar contigo y ya se te olvida la tristeza, qué fácil era vivir.
 
En el avión hasta el que más miedo tenía se dormía y, cuando llegábamos a España nuestras familias nos esperaban. Despertábamos en el paraíso, una nueva vida tan corta como un sueño, del que vuelves a despertar al bajarte del mismo avión.
 
Nunca he vuelto a tener la libertad de poder visitar a mi familia de acogida, o de salir de aquí. Recuerdo que el clima era diferente y los olores cambiaban. Desde que conocí la fuerza del verde, en las plantas y en la vida, es mi color favorito.
 
Los veranos estaban hechos de cariño, las familias nos abrían sus casas y nos trataban como a otro hijo. Me enseñaron a jugar de otras maneras y tuve amigos de colores.
 
Aprendí un poco de español, los primeros años vivía un poco frustrado porque no sabía decir lo que me pasaba. Recuerdo que un día me desperté de madrugada, no sé si fue una pesadilla, pero como estaba asustado bajé por las escaleras e hice mucho ruido. Me riñeron por estar despierto. Al día siguiente iba a conocer lo que era un caballo pero me dijeron que se cancelaba de castigo.
Menos mal que el sol les hizo olvidar la noche y monté a caballo, era precioso.
 
Me encantaba ir a la playa, si podía siempre iba con la abuela. Creo que ahora el mar Menor no está tan bonito como lo recuerdo. Si alguna vez puedo volver a España será lo primero que visite.
 
Ahora sí entiendo por qué los niños y niñas viajan con Vacaciones en Paz, sé hablar español, sé que existe un mejor futuro posible. Ahora entiendo que he sido la memoria jugando a vivir en un país que no quiere recordarme, reivindicando que existimos de la manera más bonita que hemos podido crear. 
 
Vivo en un territorio que no es mío, el Sáhara ha sido robado y a los saharauis nos han echado. La Justicia se tapa los ojos.
 
Yo soy uno más de los 173.600 refugiados saharauis, pero como dice mi compañera: la familia, ese saber que pase lo que pase, ellos te protegen, es el único significado de refugio que debería existir.

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